domingo, 26 de marzo de 2017

Vamos a contar un cuento: Cupido y Psique

No se trata de un cuento de esos que forman parte de la cultura popular: la historia de Cupido y Psique aparece en El asno de oro, la novela del autor latino Apuleyo, pero cualquiera que la lea comprueba que tiene todos los ingredientes del cuento tradicional. Es más, reconocerá la influencia de la historia de Apuleyo en muchos otros cuentos de sobra conocidos hoy en día. Curiosamente, El asno de oro es una novela satírica, una trama llena de personajes que cuentan historias, unas dentro de otras, la mayoría humorísticas, picarescas o eróticas, y su tono general no tiene nada que ver con este cuento. De todas estas historias, ésta es con diferencia la más larga, como un libro incluido dentro de otro. Aunque lo ideal sería leerlo con la animada prosa de Apuleyo, voy a hacer un resumen tanto como sea posible, por si alguien, después de catar esta sencilla muestra, se decide por el vino auténtico.

La más conocida representación de Cupido y Psique (entre los millares que la historia del arte ha creado) quizá sea esta escultura neoclásica de Antonio Canova

Como los buenos cuentos, la historia empieza con los reyes de un lejano reino que tenían tres hijas, todas bellas y jóvenes, pero la pequeña, con diferencia, la más bella (como debe ser en los buenos cuentos). Esta princesa, llamada Psique (que no por casualidad significa alma en griego), resultó ser tan hermosa que las gentes se convencieron de que era la misma Venus bajada a la tierra, y llegaron a adorarla, cosa que desató los celos de la Venus auténtica, que ordenó como venganza a su hijo Cupido que la hiciera enamorarse del ser más vil que encontrara. Sus órdenes se cumplieron de una manera bastante extraña. El caso es que el oráculo decretó que Psique había desatado la ira de los dioses, y debía ser entregada a un monstruo horrible como esposa-víctima, en la cumbre de un acantilado. Hasta allí la llevaron sus desconsolados padres y se despidieron de ella. Pero, una vez sola, lo que apareció no fue un monstruo, sino un viento huracanado que la arrastró por el cielo y la dejó caer, sin daño, en un valle florido.

El pintor barroco Luca Giordano dedicó una serie a la historia de Cupido y Psique. Aquí se la representa siendo adorada por el pueblo

Allí Psique encontró un palacio excelso lleno de riquezas, pero completamente desierto. Unos sirvientes invisibles le trajeron manjares, la llevaron al baño y le dieron ropas aún más lujosas que las que había llevado. En la oscuridad de la noche, su marido apareció en la habitación. Le aseguró que podría vivir tranquila y hacer lo que quisiera, siempre que no intentara ver su rostro. Psique se enamoró de ese marido que la visitaba cada noche y que no parecía nada monstruoso al tacto. Pero... no dejaba de acordarse del dolor de sus padres y de sus hermanas, que la creían descuartizada por una bestia, y la vida en su jaula de oro no le parecía tan bonita.

Psique siendo transportada por el viento Céfiro hasta el jardín del valle. Ilustración de H. J. Ford en una obra del siglo XIX, The Red Romance Book.

De manera que consiguió que su marido hiciera venir a sus hermanas a visitarla, transportándolas por los aires desde el acantilado como a ella. Las hermanas quedaron asombradas y deslumbradas por su magnificencia, y la alegría de haberla reencontrado viva se transformó pronto en una envidia feroz. Tanto es así que ni siquiera contaron a sus padres la verdad sobre su hija pequeña, y se las ingeniaron para volver a verla. Y a la tercera visita lograron convencerla de que su marido era sin duda el monstruo que había vaticinado el oráculo, que lograba hechizarla para que no se diera cuenta de su fealdad, que el hijo que ya esperaba iba a ser igualmente monstruoso, y que sin dudarlo debía aprovechar la oscuridad de la noche para matarlo.

Obra de la pintora del siglo XVIII Angelica Kauffmann,
en que aparecen las envidiosas hermanas de Psique

Psique fue fácilmente manipulada por sus engaños, y cuando aquella noche escuchó dormir a su marido, encendió una lámpara dispuesta a saber la verdad: y lo que vio, claro, era al mismo dios Cupido, que no había sido capaz de cumplir el mandato de su madre y se había enamorado de Psique. Ella, deslumbrada por la belleza de su amante divino, se inclinó sobre él, y una gota de aceite de la lámpara cayó sobre el hombro del dios y lo despertó. Cupido se sintió tan defraudado de que no hubiera cumplido la única condición que le pedía, que levantó el vuelo y la abandonó. 

De la infinidad de obras que muestran el descubrimiento de Psique, he aquí una voluptuosa representación del siglo XVI de Jacopo Zucchi

Psique comprendió demasiado tarde que sus hermanas habían buscado sólo su ruina. Abandonó el valle y comenzó a recorrer todos los países, intentando volver a encontrar a Cupido. Llegó a las casas de sus hermanas, y no perdió la ocasión de vengarse de ellas: a cada una le contó la verdad sobre su marido, el dios del amor, y les aseguró que la había repudiado por estar enamorado de su hermana más bella (y cada una creyó que era ella), y que la esperaba en su palacio a donde sería transportada por los aires como en sus visitas. Cada una por su cuenta corrió al acantilado y se dejó caer esperando ser llevada mágicamente, pero las dos se hicieron pedazos en las rocas.

El prerrafaelita Burne-Jones también dedicó una serie a la historia de Cupido y Psique. Aquí se puede ver al dios alejándose de ella en mitad de la noche. 
 
Mientras tanto, Cupido había vuelto a la casa de su madre, y la quemadura de su hombro le hizo enfermar como si fuera una herida atroz (pero la herida no era la quemadura). Venus descubrió cuál había sido el verdadero destino de Psique, y juró vengarse de ella. La pobre Psique seguía recorriendo el mundo sin encontrar amparo de los hombres ni de los dioses, que temían la ira de Venus. Finalmente, se entregó a manos de su suegra esperando así llegar a encontrar a su amado.

 Psique se entrega a Venus, según Edward Matthew Hale

Venus la maltrató y decidió someterla a pruebas imposibles. Para empezar, la llevó a una estancia donde había una gran montaña de semillas mezcladas, desde trigo hasta diminutas semillas de amapola y muchísimas diferentes, y le dijo que tenía hasta la noche para separarlas en sus respectivos montones. Psique ni siquiera intentó empezar, pues vio que sólo sería una excusa para castigarla por incumplir sus órdenes, y se limitó a echarse al suelo llorando. Pero las hormigas se compadecieron de ella, invadieron la estancia por millares, tomaron cada una de ellas una semilla y, en unas pocas horas, las habían colocado cada una en su lugar.

Nueva ilustración de The Red Romance Book, con el trabajo de las semillas

Cuando Venus volvió y vio aquello, sospechó que una simple mortal no había podido hacerlo sola. Así que ideó otra prueba: la envió a una pradera donde pastaban unas ovejas de lana de oro, para que recogiera sus vellones dorados. Pero esas ovejas eran enormes y salvajes, con grandes cuernos, y Psique comprendió que si tan sólo la veían, la embestirían hasta matarla. Así que se escondió entre las cañas y se puso a llorar. Pero las cañas se compadecieron de ella y le dijeron que esperara a la marcha de las ovejas hasta el río; entonces las cañas las estrecharían y la lana quedaría enredada entre sus nudos. De esa manera, Psique volvió a casa de Venus con una gran cantidad de mechones de oro.

La siguiente prueba que le impuso fue subir a la cima de una altísima montaña, de la que nacía la fuente de agua que, hundiéndose entre sus grietas, iba a alimentar la laguna Estigia. Psique debía llenar una jarra de cristal de ese agua. No sólo la subida era penosa, sino que en las grutas que se abrían en los peñascos habitaban dragones espantosos. Psique vio que ningún mortal podría jamás alcanzar aquella cima, así que a mitad de camino se sentó en una roca a llorar. Pero el águila se compadeció de ella, tomó en sus garras la jarra de cristal, voló hasta la fuente y se la devolvió llena.

 Otra de las ilustraciones de The Red Romance Book, que muestra la historia del águila

De manera que Venus decidió imponerle la prueba definitiva: le mandó ir a lo más profundo del infierno, a casa de la diosa Prosérpina, la que junto a Plutón gobernaba el reino de los muertos, para pedirle uno de sus ungüentos de belleza, los únicos que pueden competir con los de la diosa del amor. Psique comprendió que la mandaba al lugar del que nadie regresa. Así que, decidida a encaminarse allí de la manera más directa y acabar definitivamente con su sufrimiento, subió a una alta torre dispuesta a arrojarse y morir. Pero la torre se compadeció de ella y le habló: le contó la manera en que podría cumplir el mandato de Venus. Le reveló dónde estaba el lugar por el que podría bajar al Hades y cómo debía hacerlo para cumplir su misión con éxito.

Debía llevar en cada mano una torta de harina de cebada con vino y miel, y dos monedas en la boca. Se encontraría un asno cojo del que se caía parte de la carga de leña, y su cojo amo le pediría ayuda, pero debía ignorarlos. También encontraría unas hilanderas que le suplicarían que las ayudase, pero debía pasar de largo. Le daría una de las monedas a Caronte, haciendo que él mismo la sacase de su boca, para que la pasara en su barca. En el río, uno de los difuntos le tendería su mano desde el agua para que lo ayudara a subir, pero no debía compadecerse. Al llegar a la puerta de los infiernos, vería al terrible perro de tres cabezas, Cerbero, al que amansaría enseguida con una de las dulces tortas. Prosérpina la acogería con hospitalidad y le ofrecería manjares, pero debía abstenerse de comer nada (la propia diosa estaba condenada a permanecer allí por eso mismo). Cuando tuviera el frasco, debía emplear la segunda torta para que el perro la dejara pasar, y la segunda moneda para que Caronte la devolviera al mundo de los vivos.

Psique ante Proserpina, según Charles Joseph Natoire.

No hace falta decir que todo se cumplió tal cual: el camino bajo la tierra, el asno, las hilanderas, Caronte, el muerto del río, el perro Cerbero, la hospitalidad maliciosa de Prosérpina, y su regreso a salvo. Cuando Psique volvió a ver la luz del día, pensó que esta vez Venus quizá reconocería en ella a una digna nuera, y quizá volvería a ver a su amado Cupido. Pero entonces reparó en que, desde aquel día en que se separó de él, las calamidades la habían marchitado y se veía en un estado lamentable. Pensó que podía tomar tan sólo un poco del ungüento mágico y presentarse así radiante ante su divino marido. Pero al abrir el frasco, descubrió que no había ninguna pócima en él. No se puede confiar en los regalos de la diosa de los muertos, pues de ella nunca puede venir nada bueno: lo que contenía el frasco era un sueño de muerte, que inmediatamente envolvió a Psique y la hizo desplomarse inerte en mitad del camino.

Otra de las ilustraciones de Burne-Jones para el momento siguiente

Quiero creer que, de alguna forma, Cupido supo lo que había pasado. Su enfermedad había sido provocada por la decepción que Psique le había causado, pero nunca podría curarse hasta que reconociera que igualmente la amaba. Impulsado por la necesidad de volver a verla, recobró sus fuerzas y se echó a volar desde el palacio de Venus. Pronto encontró a Psique inconsciente en el camino y la despertó con el filo de una de sus flechas (me gustaría decir que fue con un beso, pero ese es otro cuento, a pesar de la conocida escultura de Cánova). Este cuento se precipita rápidamente hacia su final feliz: Cupido llevó a Psique al Olimpo, donde Júpiter les dio su bendición y convenció a la furiosa Venus de que la aceptara. Psique bebió la ambrosía de los dioses y se convirtió en inmortal. La hija que les nació fue llamada Voluptuosidad.

 Y, para acabar, otra de las representaciones más conocidas de esta historia, la obra de François  Gérard

jueves, 26 de mayo de 2016

Karen Armstrong: didáctica sobre religión

Leo una entrevista a la autora y estudiosa de las religiones Karen Armstrong (El País, Babelia, 16 de junio de 2015; sí, con mucho retraso, como es habitual en una persona des-actualizada como yo), y tengo el placer de ver cara a cara a una señora a la que he leído y quiero seguir leyendo. Me documenté con su Mahoma, biografía del profeta para escribir “Algunas lecciones que he aprendido sobre el islam”, y me pareció una de esas pensadoras de carácter conciliador bien argumentado. Es época de extremismos y de militancias, y la gente que utiliza los matices para opinar se arriesga a ser tomada por tibia o directamente por ilusa.



La profesora Armstrong vuelve a explicar en esta entrevista conceptos que deberían estar claros, pero que parece que nunca se repiten lo suficiente. Todo esto a mí me suena mucho, porque estoy habituada a predicar en el desierto. Como la infantil idea que tiene de Dios mucha gente que dice no ser creyente: En el mundo moderno, tenemos una idea muy primitiva de Dios: que hay algo allá arriba que creó el mundo y escribió un libro, que sabe las cosas y piensa como nosotros... Esa idea de los primeros libros de la Biblia es un paquete para principiantes, algo con lo que empezar. Mucha gente en Occidente oye hablar de Dios por primera vez igual que de Papá Noel.” Muchos no creyentes rechazan con espíritu democrático a ese Jefe Supremo que pretende mandar sobre nosotros y disponer de nuestras vidas. 
 
Otro de los tópicos al que Karen Armstrong tiene que enfrentarse es el de “las religiones causan guerras”: P. ¿El laicismo puede ser intolerante? R. Sí puede serlo, como la religión, porque somos gente agresiva. Hay quien dice que la religión está detrás de todas las guerras, pero aquí en Occidente tuvimos dos guerras mundiales, el Holocausto, el gulag, Hiroshima. La Revolución Francesa fue un gran momento en la historia europea pero causó miles de muertes.”

Igualmente, Armstrong sugiere que la idea que tenemos de la religión está basada en los últimos siglos, muy diferente del fenómeno que ha existido durante milenios: P. Señala que el fundamentalismo es un fenómeno muy moderno, una reacción a la colonización, el laicismo, Darwin o la Ilustración. ¿De verdad nadie interpretaba literalmente los libros sagrados en el pasado? R. No. 
 
P. Y dice que a los autores de la Biblia no les importaban las incoherencias. ¿De verdad no importan? R. No. No podemos pensar que esos libros descendieron del cielo. La Biblia es una biblioteca elaborada durante siglos. No sabemos cuál fue el uso original de esos libros. Se convirtieron en algo sagrado después de la caída del templo de Jerusalén en el siglo VI antes de Cristo. Los judíos hicieron de la Biblia su templo. Cada vez que uno se enfrentaba a los textos sagrados tenía que usar su imaginación para encontrar un sentido diferente para su comunidad. Los católicos no leen mucho la Biblia. Es una colección de libros muy difícil. Calvino vio que muchos científicos estaban preocupados porque los descubrimientos contradecían los textos; y él respondió que si Júpiter es más grande que la Luna, no había problema porque la Biblia no está hablando de astronomía. Si quieres saber de astronomía ve a otro lugar. Mucha de la gente que lee la Biblia literalmente es calvinista, pero Calvino no lo habría aprobado. La doctrina de que cada palabra de la Biblia es cierta, como el controvertido dogma católico de la infalibilidad del Papa, surgió a finales del XIX. Fue un deseo de encontrar certezas en un mundo moderno en que todo se cuestionaba, como un niño buscando seguridad. 
 
P. Pero mucho antes de esos fundamentalismos existió, por ejemplo, la Inquisición. R. Sí, pero eso no iba sobre la Biblia. La Inquisición iba sobre todo sobre política interna en un tiempo en que España se enfrentaba a la amenaza del imperio otomano, estaba en la línea del frente, había caído Granada y el país tenía unas comunidades musulmana y judía. Se intentó unir al país luchando contra un enemigo común. Lo que llamamos herejía es casi siempre política.” Efectivamente, la política causa guerras. Nadie piensa que la política sea mala y habría que abolirla, sino que se puede hacer mala política. Aplíquese.

En la entrevista se cita a un pensador ateo militante, biólogo y darwinista, y me siento sorprendida de que a estas alturas todavía se opongan Darwin y la religión, me parece un debate anticuado, de siglos pasados, que sólo sobrevive en rincones retrógrados del mundo donde aún se busca esa seguridad de lo infalible ante la amenaza de la modernidad, de que hablaba Armstrong. Hubo un tiempo en que sólo se podía ser darwinista o clerical, a pesar de esa cita de Calvino, que parece ser que siglos antes había dicho que la Biblia no es un libro de ciencias; algunos no se dan cuenta de que ese tiempo ya ha pasado. 

En la página hay un link a una entrevista a este señor, y después de leerla, me resulta curioso que las personas liberales sean las más intransigentes. En el primer párrafo ya aparece un “nada más que”. El argumento “nada más que” es más destructivo que una bomba atómica, porque nada queda en pie ante él. ¿La novena sinfonía de Beethoven?: nada más que un conjunto de sonidos; ¿pasear por el parque con mi perro?: nada más que una actividad motriz; ¿la emoción que siento ante una puesta de sol?: nada más que otra tontería de las tuyas y crece de una vez y déjate de chorradas. Para este señor, la religión no es más que una fantasía, y la cultura nada más que un entretenimiento; si seguimos este argumento, también podemos decir que la ciencia no es nada más que un torpe intento por comprender el mundo en que vivimos, cuando no somos más que un puñado de células desesperadas chapoteando en una charca de fluidos.

Como el biólogo, hay mucha gente que no necesita la religión, que nunca ha vivido ningún tipo de revelación espiritual ni les interesa. Tampoco la han vivido muchos que sí dicen ser religiosos, pero que lo son por inercia o por ideología. En su charla del TED, Karen Armstrong habla de cómo ha cambiado el concepto de creyente. Cuando oigo a supuestos representantes de la religión hablar sobre lo que creen, o a no creyentes hablar sobre lo que no creen, me pregunto: ¿de qué están hablando? Usan el mismo verbo creer de creo que tal equipo juega mejor que tal, o creo que llegaremos antes en autobús que en coche. Pretenden razonar una opinión, cuando ni la opinión ni la razón tienen nada que ver con esto.  

Pensemos lo que pensemos, todos somos ese niño indefenso arrojado al mundo que debe enfrentarse a sus deseos y carencias. Todos experimentamos la necesidad y la pérdida, y tenemos que encontrar nuestro camino, darle una forma y un sentido a nuestra vida. Para eso, ni las leyes de la gravedad ni las de la evolución nos sirven de nada. Este asunto no trata de ciencias. No trata de política. Ni siquiera, realmente, trata de ética. Nunca la religión puede reducirse a una moral o una ética, éstas son más bien efectos secundarios. Las vivencias que agrupamos bajo la etiqueta de religión siempre han estado ahí desde el principio de la humanidad, y van a seguir estando, las llamemos como las llamemos. Cuando me refiero a religión, no pienso en el señor de barba blanca (no Papá Noel, el otro), ni en el Jefe Supremo, ni en los diez mandamientos, ni en las escrituras sagradas. Realmente, hay algo más allá de todo eso, que tiene que ver con lo esencialmente humano, con el hecho de estar vivo y tener conciencia de ello. Con este combate eterno entre conseguir una identidad propia y fundirse con el universo. Responder a las preguntas sobre uno mismo y el mundo. Saber qué hacer con el tiempo y la vida que hemos recibido.

Por eso, como ya he escrito en otras ocasiones, y como también remarca Karen Armstrong, la gente busca toda clase de sustitutos de la religión, después de que ésta se haya ganado tan mala fama. No creo que los prejuicios y la ignorancia sobre la religión hagan ningún bien a la humanidad. Ya es bastante difícil vivir, no es buena idea desaprovechar la experiencia acumulada por tantos siglos. Recomiendo empezar a remediarlo leyendo los libros de Karen Armstrong. Se esté de acuerdo o no con lo que dice, da qué pensar.

sábado, 7 de mayo de 2016

Miniaturas ratoniles



Siempre me ha fascinado el encanto de lo pequeño y explorar mundos en miniatura, por eso me ha dejado asombrada la obra de Karina Schaapman. Esta señora holandesa quería escribir cuentos para niños con bonitas ilustraciones, pero como no se le daba bien dibujar, empezó a construir pequeñas habitaciones habitadas por ratoncitos de trapo, usando cajas de cartón, recortes de papel y otros materiales a mano para darles el aspecto de las viviendas de su infancia, en los años 60 y 70. Las habitaciones se fueron acumulando y cuando se dio cuenta tenía un edificio-ciudad, tan enorme que tuvo que apuntalarlo. En ese mundo desarrolló las historias de los ratones Sam y Julia, y las fotografías que hizo de ellos fueron finalmente las ilustraciones de sus libros.


Las imágenes dan una idea de la complejidad y el detallismo de su obra, una delicia para perderse durante horas y horas de contemplación. Sólo faltaría tener a mano esa maravillosa casa de ratones (y unas cuantas docenas de años menos) para disfrutar  haciéndoles vivir aventuras propias. La casa original se encuentra ahora en la biblioteca de Amsterdam; incluye tiendas, jardines, escaleras, balcones y ventanas, y tiene tanto parte delantera como trasera, acabadas hasta el último detalle.


Seguramente no soy la única a quien esta casita de ratones le recuerda a las ilustraciones de Jill Barklem. Yo tengo algunos de sus libros, que hicieron volar mi imaginación en aquellos abigarrados escenarios, que en aquel caso eran totalmente victorianos, con sus confituras, sus tartas y sus camitas con dosel, sus cestitas de picnic y sus sombreritos con flores. Ah, todo era pequeño y bonito en aquellos mundos; aunque sea por un rato, me encanta poder disfrutar aún con todo ello.


Web de Karina Schaapman y sus libros sobre The Mouse Mansion.

domingo, 17 de abril de 2016

Sobre "Realidad daimónica" de Patrick Harpur


Hace semanas que leí este libro, pero supongo que sus efectos y consecuencias se dejarán sentir durante mucho tiempo. Lo voy digiriendo lentamente y se mezcla con muchas otras ideas que me rondan. Uno de los motivos por los que me ha afectado es porque plantea una cuestión que yo misma me he planteado mucho tiempo, y que no es fácil de definir: soy una persona racional e irracional al mismo tiempo; por un lado, las fantasías y los imposibles no me convencen (nunca he tenido esa clase de fe), pero por otro, la racionalidad árida me repatea, por su cortedad de miras. Entonces, ¿cuál es mi lugar?

Este libro de Harpur aborda ni más ni menos que el tema de los fenómenos paranormales. Ante este tema, la mayoría de la gente adopta posturas opuestas: los que se carcajean de todo ello como delirios de enfermos, ignorantes y crédulos, o los que se apuntan a cualquier misterio con fe inquebrantable. Las dos posturas están muy igualadas, porque, a pesar de que la cultura imperante impone su punto de vista racional y tecnológico, al menos de puertas afuera, hay una realidad inmensa medio oculta que deja ver algún resquicio, desde las terapias energéticas o lo que sea, a los programas televisivos de misterios, o los elixires para el amor o el éxito, etc., etc., que dan una pista de que tanta racionalidad no sirve para mucha gente. De esa realidad oculta forman parte las experiencias de millones de personas, que no pueden clasificarse dentro de la vida cotidiana, pero que abarcan desde sensaciones, intuiciones y visiones, a auténticos viajes. Estas experiencias a veces son integradas en un sistema de creencias, pero, precisamente porque estos sistemas se han desmantelado, para mucha gente son una fuente de desconcierto y de trauma. Digo que son millones sin conocer ninguna estadística, tan solo extrapolando una cifra basada en la cantidad de gente que yo he conocido incluso sin proponérmelo. Es mucho más habitual que raro. La gente no puede ser racional y punto, porque su vida está llena de hechos inexplicables y extraños, irracionales. Harpur también piensa que es absurdo no abordar este tema. La ciencia oficial lo desprecia, y lo deja en manos de un dudoso grupo de entusiastas, que no destacan por su imparcialidad. Encontrar un término medio entre estas dos opciones es lo que él se propone.

Hay toda una historia de la filosofía, que no voy a resumir ahora, que trata de si podemos o no conocer el mundo que nos rodea. Nuestros cerebros no son ordenadores, ni nuestros ojos son cámaras, ni podemos captar literalmente el universo; estamos hechos para sobrevivir y hemos evolucionado para asimilar una realidad que podamos manejar, al menos lo suficiente para salir adelante. El mundo que captamos está hecho a nuestra imagen, y nuestra mente manipula esta imagen libremente, a través de la memoria, de los deseos y necesidades, de sus propios esquemas. De todas las posibilidades del universo, nos quedamos con unas pocas, y acordamos que ésas son las válidas. Este acuerdo sobre la realidad varía con el tiempo, y según las culturas.

Si hemos acordado que nuestra mente construye el universo, demos un paso más y digamos que nuestra mente es el universo, que no hay un interior y un exterior, sino que el gran Alma del Mundo se expresa, se concreta y explota todas sus posibilidades en los individuos. Esto es algo difícil de entender desde el punto de vista científico actual, pero éste es el punto de vista de nuestra época, y (como el pez sumergido en el océano que no puede ver el océano por estar en él) nos impide darnos cuenta de que no es el único punto de vista posible. Evidentemente, existe ese órgano llamado cerebro, esa simple masa viscosa de algo más de un kilo colocada dentro del cráneo, con sus células y sus sinapsis físicamente construidas con átomos, como el resto de la materia. Eso es lo que hay, y nada más, quiero decir, eso es lo que hay desde el punto de vista cuantitativo, comprobable y analizable, experimental y científico, datos todos ellos que pertenecen a la realidad, pero a una ínfima parte de todo lo que la realidad puede ser, a la parte más prosaica, plana, básica; para mucha gente, sin embargo, esa es toda la realidad que hay y puede haber.

Pero la psicología descubrió que en la mente hay mucho más y que no se lo puede ignorar. Si el cerebro son los números, la mente es la aritmética; o si el cerebro es el alfabeto, la mente es la poesía. Es el producto resultante, complejo, elaborado. Alguien muy materialista podría decir que no es más que una pura excrecencia del cerebro, un subproducto, un conjunto de fantasías. Pues este producto es lo que somos, y no podemos ser otra cosa. Esa es nuestra realidad. El universo que genera la psique es inmenso y apenas podemos manejarlo; no lo creamos nosotros, sino que él nos crea. Harpur utiliza el antiguo término de Alma del Mundo para definirlo, ya que se trata de algo colectivo o impersonal, o al menos más grande que los individuos. Éstos participan en él en diferentes medidas: hay quien lo ignora y hay quien es invadido abrumadoramente por su presencia. Los extremos nunca son buenos, y cada uno debe encontrar su propio encaje, su propia identidad, una que le permita vivir la vida aceptablemente. Y eso no se puede hacer si se ignora la parte de uno mismo que no le pertenece del todo, que es dominada por las fuerzas universales; de la misma manera que tampoco se puede vivir si uno es sacudido por esas fuerzas como un pelele. El término medio es una identidad estable que abarque todo lo que uno puede llegar a ser, si bien éste es un ideal que se persigue toda la vida.

Los fenómenos paranormales desafían la racionalidad, pero tomarlos literalmente es tan empobrecedor como tomar literalmente el punto de vista científico. Ambas actitudes están emparentadas, porque todo este campo que ahora se define como “paranormal” es una reacción paralela al desarrollo científico, y que, aunque en principio parece desafiarlo, copia sus mismos esquemas (“investiga”, busca “pruebas”). Pero se trata de los mismos fenómenos que en otras épocas se clasificaban dentro de las experiencias espirituales o religiosas, o en otras culturas, dentro de las creencias primitivas o tradicionales. También es el campo en que entran los trastornos psicológicos. Tanto si se trata de hadas o brujas, de apariciones de la Virgen, levitaciones o estigmas, de vampiros, extraterrestres o almas de los muertos, de voces o visiones, todos son fenómenos a través de los que se expresa la vida de la psique, y por lo tanto, son tan reales como las personas sientan que son, o tanto como su realidad les afecte. Es decir, exactamente igual que sucede con todos los fenómenos del universo, sea una puesta de sol o pilotar un avión.

No se trata de que los fenómenos físicos estén “fuera” y los psíquicos “dentro”; como he dicho, no hay dentro ni fuera. Estos conceptos sólo valen desde un punto de vista individual, aferrado a lo literal, que pone al yo y a su cuerpo como punto de referencia, cuando el yo es mucho más que eso. “La sensación de que nuestros cuerpos son literalmente reales es una construcción del ego racional que, aunque no se identifica con el cuerpo (ve el cuerpo como un vehículo), no obstante se alía con él de forma tan estrecha como para imponer su perspectiva al cuerpo. Convierte nuestra realidad física en la única; convierte nuestra realidad física en una realidad literal. Esto conduce a la creencia errónea de que, con la muerte física, dejamos de existir. Pero nuestra muerte física libera al cuerpo daimónico. Es más, si pasamos por una muerte iniciática, que destruye la perspectiva literal del ego racional, el cuerpo físico es desliteralizado, desatado de su perspectiva única”.

El “cuerpo daimónico”, según Harpur, corresponde al ego daimónico, la imagen individual con la que somos representados en el Alma del mundo, que usamos por motivos prácticos, pero que es mucho más imprecisa que el ego racional. Es el cuerpo con el que nos vemos en los sueños, que puede sentir y sufrir, pero también transformarse y permitirnos ser otros o muchos a la vez. La realidad de los sueños también se inmiscuye en la vigilia, cuando la conciencia se lo permite, y por eso podemos sentir experiencias con el “cuerpo daimónico” cuando creemos estar en nuestro cuerpo racional. Ya los antiguos poetas habían sospechado que los sueños son la vida y la vigilia su sombra, y el mundo de cada día, un largo sueño de una conciencia desconocida. Que no vivimos la vida, sino que la vida nos vive. Absurdamente, queremos controlarla, y vamos a ser derribados una y otra vez hasta que aprendamos a encontrar nuestro sitio en ella. Los fenómenos que se salen de lo normal nos dan una pista de que la realidad es otra cosa. No van a desaparecer sólo por decir que son imposibles, y si la cultura los suprime, aparecerán por otro lado. No son inofensivos: causarán trastornos individuales y sociales, causarán enfermedades físicas y mentales. Esta rígida sociedad no ayuda a la gente a encontrar el equilibrio de sus vidas, y mucho menos a crecer y realizarse como personas, porque sólo acepta un modelo de realidad, la que miden los aparatos y los experimentos, que es apenas una parodia de realidad, desnaturalizada, prosaica, desligada de todo su sentido. En cambio, comprender por qué aparecen esos fenómenos, qué los provoca, qué nos están queriendo decir, exige el valor de adentrarse en terrenos misteriosos, de vivir la peligrosa aventura de cada vida, pero puede hacer que consigamos integrarnos en esa realidad total y múltiple, inquietante y terrible, incomprensible e indefinible, pero que es la Realidad real.

-Realidad daimónica, de Patrick Harpur. Atalanta, 2007. Colección Imaginatio Vera, nº 14.
Imagen: Relativity, de M. C. Escher.

sábado, 9 de abril de 2016

Monstruos y Música

Para recrear un rato la vista, dos espectaculares vídeos de animación del grupo Of Monsters and Men. Realizados por la productora We Were Monkeys, en su web, aparte de los vídeos, se puede encontrar información sobre su proceso de realización, así como otros trabajos de sus creadores. A mí los mejores con diferencia me parecen estos dos clips, tienen una creatividad visual impactante, con imágenes terribles y hermosas, perfectamente conjuntadas con la música.









sábado, 5 de marzo de 2016

El misterio del tres



Tres cuadrados concéntricos unidos por líneas que cruzan cada lado: este diseño básico es un tablero de juego pero también es mucho más. Aparece grabado sobre losas perdidas entre las ruinas, y también en lápidas, así como en muros de iglesias, a lo largo de todo el Mediterráneo, pero también por toda Europa y hasta oriente. Entra en la historia hacia la época en que se extendía el Imperio Romano, y parece que alcanzó toda su zona de influencia, por los territorios a los que alcanzaba su comercio. Los tableros grabados en piedra son difíciles de datar, porque es posible que no sean de la misma época en que se levantaron los edificios en los que aparecen, lo que ha llevado a muchas especulaciones sobre su antigüedad. Tampoco se puede saber en qué dirección viajaban los juegos, si de occidente a oriente o viceversa, pero no se debe menospreciar la velocidad con la que se contagian estas invenciones: mientras los naipes o el ajedrez llegaban de oriente, quizá este juego se cruzaba en su camino hacia allá...

Los tableros no siempre siguen exactamente este diseño; varía el número de cuadrados y la cantidad de intersecciones que los cruzan. Puede decirse que el diseño pertenece a una amplia familia de trazados cuadrangulares, pero su estructura básica permanece reconocible.

Los romanos llamaron a los juegos que se practicaban sobre tableros cuadriculados merellus, que es una simple referencia a un “juego con fichas”. De ese nombre parecen proceder los que se utilizan en las diversas lenguas: en inglés es nine men's morris, y se discute si ese morris hace referencia a la danza popular inglesa o al nombre latino; también se le llama Mill, es decir, “molino”, nombre que recibe en castellano. A veces también se le llama alquerque de nueve, aunque el alquerque realmente es el juego de damas; antes de que se practicaran sobre el tablero de ajedrez, las damas se jugaban sobre una parrilla en que las fichas se colocaban en las intersecciones y se movían por las líneas (por cierto, el nombre alquerque proviene de la versión árabe del juego, al qirq). En otros idiomas se usan variantes de mills, merells, marro de nou en catalán, jeu du moulin en francés...

 En el Libro del axedrez, dados e tablas de Alfonso X el Sabio

En esta imagen como en la que abre el texto, los marginalia del manuscrito del Romance de Alexandre que se encuentra en la Bodleian Library están llenos de personajes entregados a toda clase de juegos. No podía faltar el Mill.
Lo que es seguro es que su significado religioso, fuera el que fuera, se adaptó a las diferentes culturas y se hizo un hueco en la Europa cristiana. El cuadrado simbólicamente representa la tierra, y por extensión el mundo: las cuatro direcciones, las cuatro estaciones, los cuatro vientos, etc. Es la misma idea representada en los mandalas, en que el cuadrado se combina con el círculo, que simboliza el cielo. El cuadrado también es un recinto, la forma ideal de la ciudad o de la casa, desde el pomerium romano a la Jerusalén celeste, con sus tres puertas en cada lado. En versión tridimensional puede ser un zigurat, en que los tres niveles se superponen y el centro es al mismo tiempo la cúspide. Este diseño puede verse como un laberinto cuadrangular, en el que un camino hacia el centro pasa por diferentes encrucijadas (que son también cruces). Muchos diseños incluyen un punto grabado en el centro, lo que parece resaltar su importancia. René Guenon también comentó este diseño, al que llamó triple recinto, viéndolo como la representación de un templo o lugar sagrado, aunque a mí sus teorías me parecen algo superficiales. La cuestión es que los tableros grabados en paredes no son evidentemente para jugar. Tienen una utilidad simbólica cuyo valor sólo conocían aquellos que los colocaron allí.

Diseño situado en un muro de la iglesia románica de San Pedro de Tejada, Burgos.

 Esta imagen y la anterior proceden de los blogs Juegos de tableros romanos y medievales y Laberinto Románico

Esta losa se halló en el Nevern Castle de Gales.



Precioso tablero plegable del siglo XVI que, aparte del molino, incluye un tablero de ajedrez y uno de backgammon detrás. Procede de Alemania y ahora se encuentra en el Victoria and Albert Museum.

No he dicho gran cosa sobre el juego, que es una variante extendida del tres en raya, en que dos jugadores emplean nueve fichas cada uno (la cantidad puede variar según el trazado del tablero). Las reglas del juego se pueden encontrar en internet para quien esté interesado, pero en mi caso debo decir que, a diferencia de otros juegos que he tratado anteriormente en esta serie y que nunca me canso de jugar, como el parchís y la oca, el molino me deja indiferente, y me interesa mucho más el diseño que el juego. Es que tengo la sensación de que, después de todo lo dicho, y a pesar de toda la magia del tres, ir alineando fichas por el tablero me parece que desaprovecha totalmente las sugerencias espaciales de este triple recinto. Por eso ideé un juego propio para este tablero, sin duda muy soso desde el punto de vista lúdico, pero que incluye los ingredientes que más me interesan: los dados y el recorrido. Juego con cuatro fichas, las hago entrar a cada una por una “puerta” y las hago circunvalar cada recinto y avanzar por los “pasillos” hasta llegar al centro. Le llevo la contraria a dos mil y pico años de historia, pero así tengo la sensación de que estoy más cerca de descubrir el misterio.

martes, 8 de diciembre de 2015

Cállate

Hace tiempo que quería hablar de lo que le pasó a la profesora Mary Beard, pero como siempre voy con retraso, ya no es ninguna novedad. Pero quizá no es tan conocido.


Lo leí en un artículo de Elvira Lindo en El País: Las palabras hieren, que lo explica perfectamente, por lo que me apropio de él. Lo podéis leer completo en el link.

Había leído a la profesora Beard porque es una excelente historiadora y yo soy fan de la historia clásica. De pronto me entero que presentó una serie sobre la antigua Roma en la televisión, Meet the Romans, supongo que parecida a montones de documentales similares que he visto en la 2. Están llenos de señores con gafas de pasta y chaquetas con coderas, así como de señoras con jerséis de lana y abundantes canas, ejemplares clásicos de profesores universitarios. No pensé que eso llamara la atención, pero parece ser que la serie de la profesora Beard llegó a unos espectadores inesperados: 

"Su programa provocó un aluvión de críticas insoportable. Lo extraordinario es que esas críticas no se referían al contenido en sí sino a su aspecto físico. Nuestra profesora tiene un aire no diferente al de muchas eruditas entregadas desde su tierna juventud a los asuntos intelectuales: luce una alocada melena blanca, sus dientes son llamativos por su irregularidad, se permite detalles excéntricos en el calzado o las gafas, y, lo que ha resultado más indignante para algunos, muestra un impactante aplomo en su lenguaje corporal. A ella le importa un pimiento no ser bella, pero no así a algunos críticos televisivos que, ignorando las enseñanzas que generosamente pretende difundir, se dedicaron desde el principio a describir la vestimenta poco cool de la sabia dama. Con más crudeza aún se refirió a ella la jauría tuitera, en donde los comentarios sobre su supuesta fealdad abundaron.

 “Puta apestosa. Seguro que tu vagina da asco”. Este fue uno de los interesantes tuits que la señora Beard cosechó. Lo curioso es que haciendo caso omiso de esa ley no escrita que aconseja a los personajes públicos no mirar lo que de ellos se dice en las redes, esta mujer, que se había educado en el feminismo activo de los setenta, se puso manos a la obra y decidió plantar cara a sus detractores. Alguien la ayudó a localizar al autor de tan hiriente mensaje: era un estudiante, tenía 20 añitos. Beard llamó a su madre y habló con ella. También habló con el autor de una web que colgó una foto de la investigadora con una vagina sobreimpresa en su cara. Charló con ellos y con otros tantos y publicó en su blog la crónica de estas conversaciones que, finalmente, conformaron la interesantísima pieza que leyó en el Museo Británico sobre el silencio impuesto a las mujeres en cuanto tratan de frecuentar territorios tradicionalmente masculinos."

La conferencia del Museo Británico se titulaba Oh Do Shut Up Dear!, y no la he encontrado tal cual, pero sí otra que tal vez sea la misma, titulada The Public Voice of Women. En el link se puede escuchar y leer la transcripción.

"But the more I have looked at the threats and insults that women have received, the more I have found that they fit into the old patterns I’ve been talking about. For a start it doesn’t much matter what line you take as a woman, if you venture into traditional male territory, the abuse comes anyway. It’s not what you say that prompts it, it’s the fact you’re saying it. And that matches the detail of the threats themselves. They include a fairly predictable menu of rape, bombing, murder and so forth (I may sound very relaxed about it now; that doesn’t mean it’s not scary when it comes late at night). But a significant subsection is directed at silencing the woman – ‘Shut up you bitch’ is a fairly common refrain. Or it promises to remove the capacity of the woman to speak. ‘I’m going to cut off your head and rape it’ was one tweet I got. ‘Headlessfemalepig’ was the Twitter name chosen by someone threatening an American journalist. ‘You should have your tongue ripped out’ was tweeted to another journalist. In its crude, aggressive way, this is about keeping, or getting, women out of man’s talk." 

No se trata de lo que las mujeres digan, simplemente el problema es que hablen. No importan sus ideas ni sus opiniones, el problema es que el discurso público pertenence a los hombres, y las mujeres que lo invanden al hablar están molestando.

"Mary B. se miró al espejo e hizo recuento de todos aquellos insultos que estaba recibiendo, “fea, gorda, vieja, puta, maloliente, desagradable, mal vestida, mal follada, machorra…”. Duelen, ¿verdad? Se podría escribir un ensayo sobre las mil maneras de ofender a una mujer. Pero una vez que nuestra heroína afrontó la dureza de los insultos comenzó a relacionarlos con una tradición que viene de antiguo: no se trata de lo que una mujer diga, sino de que hable. Y entonces decidió investigar sobre la naturaleza de quien insulta. ¿Qué pensaría usted de su marido, de su hijo, de su hermano o de su mejor amigo si se enterara de que es autor de tan repugnante prosa?"

NOTICIA DEL 25/5/2016:
La historiadora británica Mary Beard, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 

Bieeeeeeen!!!!

domingo, 30 de agosto de 2015

Orlando furioso y la Opera dei Pupi

Orlando Furioso, Ludovico Ariosto
Este poema épico es la reescritura renacentista, culta y humanista, de las fantasías caballerescas alrededor de los paladines franceses, nacidas de los primitivos cantares de gesta medievales. Aquel Roland de la Chanson de ídem, que moría heroicamente en Roncesvalles, fue reinterpretado más tarde como caballero artúrico y, bautizado en Italia como Orlando, y en la floreciente corte de los Este de Ferrara, Matteo Boiardo lo hizo protagonista de una intriga folletinesca con princesas y dragones. Este Orlando innamorato ahora tan olvidado entusiasmó a sus contemporáneos, y como el autor lo dejó inacabado, fue pie para que Ludovico Ariosto lo continuara, con muchísimo más éxito, en su Orlando furioso.

Estamos hablando ya del siglo XVI. La redacción en verso quiere emparentar esta obra con las épicas clásicas, y mezcla caprichosamente las referencias a mitos clásicos con la fantasía medieval. De nuevo aparecen montones de personajes y tramas, y de hecho, en medio de ellos Orlando es uno más y no muy destacado. Hay detalles de “modernidad”, como el erotismo de Angélica y Olimpia encadenadas en la roca para ser devoradas por el monstruo marino, “completamente desnudas”. Cuando en un romance medieval se afirmaba que la dama aparecía totalmente desnuda, siempre se añadía: “sólo llevaba la camisa”, que era el súmum de la desnudez de una dama. Pero aquí no sólo es un hecho literal, sino que el autor se recrea en la descripción detallada de la anatomía de las damas, tal y como las contemplan encantados sus caballeros salvadores. Y no digamos ya el rijoso episodio del ermitaño pervertido que quiere aprovecharse de Angélica y cómo termina su intento.

El rescate de Angelica por parte de Ruggiero visto por Ingres. Cualquier parecido con Perseo y Andrómeda no es pura coincidencia.

Por otro lado, es muy destacada la defensa de las mujeres en todo el texto. Hay fragmentos literales de alabanza a la condición femenina, pero también hay ejemplos de personajes femeninos íntegros y esforzados, a menudo engañados por hombres falsos y cobardes. Hay todo un país dominado por mujeres semejantes a las amazonas. Y sobre todo, hecho nunca visto antes en romances caballerescos, hay auténticas mujeres guerreras, mejor dicho, mujeres-caballeros, con todas las connotaciones de hidalguía, destreza y valentía que el término conlleva. La resoluta Bradamante no se queda esperando la vuelta de su amado Ruggiero, sino que remueve cielo y tierra buscándolo, y afrontando todos los peligros. Se enfrenta y vence en singular combate a todo caballero que se le cruce, salva de entuertos a damas desvalidas, derrota a magos y a gigantes. Y no se le queda atrás la brava Marfisa. Mientras la primera es ejemplo de dama cristiana, benevolente con sus enemigos derrotados, la segunda, de origen pagano, rebana pescuezos en medio del ejército enemigo. Los otros caballeros no saben si desafiarlas o enamorarse de ellas.

 Nunca se había visto nada como esto en las novelas caballerescas.

 Así era vista Marfisa en una imagen contemporánea.

 Arriba y abajo: ilustraciones de Gustave Doré.

Viaje a la luna de Astolfo, partiendo desde el Paraíso Terrenal, a bordo del carro de fuego de Elías y acompañado de San Juan Evangelista. En la luna, donde va a parar todo lo que se pierde en la tierra, Astolfo encuentra la cordura perdida de Orlando.
 
Bradamante encuentra en la tumba de Merlín a la maga Melissa, que será su benefactora a lo largo de la historia.


 Arriba y abajo: ilustraciones de H. J. Ford en una obra del siglo XIX, The Red Romance Book.
Bradamante contempla el rapto de Ruggiero por el hipogrifo (aquí más bien un pegaso), y la lucha entre Bradamante y el mago Atlante.



 Angélica y Medoro según Tiepolo: la pareja de enamorados llena todos los árboles del bosque con sus nombres (hay cosas que son tan antiguas como el mundo).

Pues bien, la larga historia de este Roland que empezó como feroz guerrero en el siglo XII, que se popularizó en romances (el Roldán del Romancero español) y que fue elevado a los altares de la alta literatura con el Orlando de Ariosto, aún cobró nueva vida en el siglo XIX, con el triunfo y la inmensa popularidad del teatro de marionetas italiano, especialmente en Nápoles y sobre todo en Sicilia. La Opera dei Pupi estaba protagonizada por un Orlando de bigotes de mosquetero y empenachada cimera, que espadón en mano brincaba partiendo por la mitad a renegridos moros, suspirando por una bonita Angélica de larga cabellera morena, y sometiéndose a los mandatos de un barbudo Carlomagno. Allí estaba todo, Ruggiero cabalgando su hipogrifo, la malvada bruja Alcina, Bradamante derrotando al mago Atlante, y cientos de maravillas más provenientes de la fuente inagotable del poema de Ariosto para encandilar a chicos y grandes, al menos así fue hasta mediados del siglo XX. Ahora, superada por otros medios de entretenimiento, la Opera dei Pupi es una reliquia a la que se le dedican museos, en sus principales sedes o escuelas, la de Palermo y la de Catania. Espero que aún encuentren público al que le apetezca dejarse llevar por la fantasía.
 Los paladines (y paladinas) ante Carlomagno.
 Escena de lucha
 Bradamante en versión pupo.

Y por último, mi pupo Orlando señala con su fiel espada Durindana los primeros versos del Orlando furioso en la traducción de Edicions 62. El original dice así:

Le donne, i cavallier, l’arme, gli amori,
le cortesie, l’audaci imprese io canto,
che furo al tempo che passaro i Mori
d’Africa il mare, e in Francia nocquer tanto,

..............LA AVENTURA CONTINÚA