sábado, 29 de julio de 2017

Millares: la materia me duele


La galería Mayoral de Barcelona ha dedicado una exposición a Manolo Millares, uno de esos pintores que exigen ser vistos en vivo y en directo. Cuando los cuadros se salen de la pared y están construidos con una materia tan táctil, no hay fotografía posible que pueda estar a la altura del original. 


 
No sé qué me sorprende más, si que en la España desolada y rancia de los años 50 y 60 surgieran creadores tan extremos y modernos como los del grupo El Paso (Luis Feito, Rafael Canogar, Antonio Saura, Martín Chirino, etc., aparte del mismo Millares), o que a día de hoy estas estrellas de fama internacional sean tan ignoradas, excepto en su correspondiente mundillo.
A Manolo Millares le impactaron, durante su infancia en Las Palmas de Gran Canaria, las momias guanches que fue a ver al museo local: restos humanos envueltos en pobres sacos de arpillera. Viendo esta exposición parece que nunca ha representado otra cosa, porque en sus telas troceadas las masas de saco recosido y hecho jirones no son otra cosa que cuerpos desmembrados y huesos. Al fondo natural del saco sólo se le añaden negros devoradores, blancos luminosos y perturbadoras salpicaduras de rojo. Las guerras y la miseria del siglo XX pudieron inspirarlos, pero resultan intemporales como reflejo de todo lo dolorosamente humano. También, como indica la comisaria Elena Sorokina, debe percibirse la otra cara de la moneda: con sus costuras y sus cicatrices, la materia se sostiene y sigue viva, es la curación y la supervivencia, aunque sea tan precaria.




La exposición incluía un documental en que el propio Millares exponía la forma en que abordaba su trabajo y algunas metáforas reveladoras:




martes, 4 de julio de 2017

El Partenón: el mito perdura, el edificio desaparece




El turista que hoy en día sube a la Acrópolis llega a una explanada donde un edificio bastante ruinoso se le presenta como un gran monumento de la antigüedad. Para apreciar estas pobres piedras gastadas es necesario saber qué fue el Partenón, y cómo se convirtió en lo que es ahora. La historia del Partenón es también la de su destrucción. Depende de las fuentes que se consulten, las culpas se cargan más en un bando o en el otro, pero casi nadie está libre de culpa.

 

Después de la victoria de Maratón se empezó a construir un gran templo en la Acrópolis, se niveló el suelo y se trajo abundante mármol de la cantera del monte Pentélico. Pero la invasión persa interrumpió las obras, y después de su derrota definitiva, Pericles promovió una nueva construcción (entre el 448 y el 438 aC), pero mucho más grande, a cargo de los arquitectos Ictinos y Calícrates. Se aprovecharon los sólidos cimientos del primer templo y los contrafuertes con que se aniveló el terreno, pero se descartaron las bases de las columnas, que acabaron en la parte exterior de la muralla (y aún pueden verse en el lateral de la montaña). El pórtico tendría 8 columnas en lugar de las 6 habituales, lo que implicaba 17 columnas a los lados (el doble +1). Las proporciones son armónicas: la relación entre la longitud (69'50 m) y la anchura (30'88) es de 9 a 4. En el rectángulo que forma la fachada (sin contar el frontón), la relación entre la anchura y la altura también es de 9 a 4. La relación entre la distancia del eje de cada columna y la anchura de la columna misma es también de 9 a 4.

El edificio en todo el esplendor de sus colorines originales. Muy poco "clásico".

Inusualmente, todo el templo sería de mármol, incluidas las tejas del techo, apoyadas sobre un entramado de vigas de madera. El interior estaba dividido en naos (parte delantera) y opistódomo (trasera). Dentro, una doble hilera de pequeñas columnas dóricas, cerrada en forma de U, rodeaba la estatua de Atenea. En el opistódomo, en cambio, sólo había cuatro columnas, que para ser más esbeltas fueron jónicas.

Sección donde pueden verse el interior y la estructura del edificio.

Por otra parte, los constructores del Partenón no pretendieron hacer un edificio racionalmente perfecto, sino que no tuvieron problema en alterar las medidas, y curvar techos y suelos, para evitar que se viera un edificio demasiado rígido. Tuvieron en cuenta los efectos ópticos, y consiguieron que pareciera perfecto a base de modificarlo, porque la perfección se ve imperfecta a ojos humanos: de esta manera, las columnas se inclinan hacia adentro, las líneas horizontales paralelas del techo y el suelo se curvan, y las columnas están abombadas, lo que se conoce como éntasis. Aunque la mayoría de las civilizaciones antiguas hacían grandes construcciones de piedra (en eso los egipcios no tienen igual), el estilo griego no pretende ser tan monumental que deje estupefacto. Es un arte hecho a la medida humana, ése es el motivo de todos estos efectos, porque está pensado para la gente. Un profesor de arte que tuve decía que este abombamiento de las columnas hace parecer que se doblen bajo el peso del techo, como si no fueran de piedra sino de carne, como si todo el edificio fuera un ser vivo que está allí en pie, haciendo su trabajo, cansado pero resistiendo.

El Partenón también fue excepcional en su decoración escultórica, posiblemente supervisada por Fidias: las 92 metopas del exterior estaban decoradas con luchas entre centauros, amazonas, gigantes, y episodios de la guerra de Troya. Un friso de 160 metros de largo por 1 de alto recorría la parte superior de los muros exteriores de la celda representando la procesión de las Panateneas, con los ciudadanos acompañados de las divinidades. Los dos frontones estaban ocupados por unas 50 estatuas: al oeste, representando la competición entre Atenea y Poseidón por regir la ciudad, y en el este representando el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus.

La Acrópolis en el período clásico

Hay una cierta controversia acerca de si el Partenón era realmente un templo. Como es sabido, los templos clásicos eran la casa de los dioses, y el pueblo no tenía acceso a su interior. Los sacrificios y ceremonias se hacían en un altar exterior que solía estar ante la entrada que daba a oriente. En el caso del Partenón, este altar no se ha localizado, y algunos expertos afirman que la procesión de las Panateneas no se dirigía aquí, y que el famoso peplo tejido por las doncellas era para otra antigua estatua de Atenea. Por tanto, pudiera ser que la única función del edificio, la razón por la que era mucho más grande que nada de lo que se hubiera construido antes, era albergar como un cofre precioso una estatua que no era de culto, obra del gran Fidias, de Atenea Parténos (la Virgen). Pero era una estatua creada para impresionar. Cuando se abrían las puertas, los espectadores sólo podían echar un vistazo al oscuro interior (ninguna abertura lo iluminaba), donde la claridad se reflejaba en un estanque detrás del cual estaba colocada la estatua, de 12 metros de altura, y la luz se multiplicaba en los centenares de placas de oro que la cubrían y hacía resplandecer los brazos y el rostro de marfil. Un espectáculo fascinante.

Muchos autores clásicos describieron esta estatua, y podemos imaginar cómo era gracias a algunas pequeñas copias en piedra que se han encontrado. Parece ser que cuando los atenienses necesitaban dinero no tenían problema en usar las placas de oro, para volverlas a colocar cuando las cosas iban mejor. El cuerpo era de madera y se tuvo que restaurar a menudo.

El Partenón y su estatua continuaron siendo la gloria de Atenas durante muchos siglos, también durante el período romano, cuando la ciudad vivía de las rentas de su fama. La estatua desapareció en el siglo V dC, cuando el edicto de Teodosio II acabó con todos los cultos paganos, y en el siglo VII se convirtió en iglesia, dedicada a la Virgen (cómo es lógico). Entonces se produjeron las primeras reformas importantes: el ábside tenía que mirar hacia el este, justo donde estaba la puerta principal, por lo tanto ésta se cerró con una pared semicircular; es posible que entonces se destruyera parte del frontón este (por otra parte, los dos frontones estaban bastante enteros cuando fueron dibujados por Jacques Carrey en 1674). La entrada de la nueva iglesia sería por la parte posterior, y para unificar el espacio se abrió una puerta en la pared que había separado la celda del opistódomo. También se añadió un techo más alto con ventanas para iluminar el interior, y un pequeño campanario. En el siglo XV, con la conquista turca, se convirtió en mezquita, pero aparte de esto continuó siendo el mismo edificio durante todos estos siglos, incluyendo sus esculturas y frisos.


Interesante reconstrucción de la Acrópolis en la época otomana, amurallada y fortificada. El Partenón convertido en mezquita únicamente sustituyó el antiguo campanario por un minarete.

El desastre llegó el 1687 cuando los venecianos bombardeaban la ciudad sitiada, y un proyectil impactó en el almacén de pólvora que los turcos tenían en el Partenón. De hecho, éstos habían situado allí el polvorín, convencidos de que nadie se atrevería a atacar aquel gran edificio de fama mundial y gloria de la antigüedad; evidentemente se equivocaron. La explosión sólo dejó en pie parte de los extremos del edificio. El general veneciano Morosini, intentando llevarse como trofeo algunas de las estatuas del frontón oeste, las estrelló contra el suelo.

Finalmente, los turcos reconquistaron la ciudad y volvieron a construir una pequeña mezquita en medio del perímetro del Partenón, pero la gente aprovechó el vertedero de trozos de mármol para reutilizarlos en construcciones o para hacer cal. La Acrópolis se llenó de casas y edificios. A principios del siglo XIX, el embajador inglés, lord Elgin, decidió salvar las esculturas más importantes del Partenón, y para sacarlas desmontó mucho la estructura que quedaba de pie. Como no estaban bastante salvadas en territorio griego, las envió a Inglaterra, donde ahora se pueden ver en el Museo Británico.

El Partenón como una ruina selvática. Enmedio se puede apreciar la pequeña mezquita.

Este fue el desastre que heredaron los griegos cuando recuperaron su nación, a mediados del siglo XIX. Una fiebre arqueológica les movió a recuperar el legado clásico, que empezó con la restauración de la Acrópolis, donde se derribaron las casas y se excavó. Se empezó a reconstruir el Partenón con los materiales que todavía estaban en el lugar, sobre todo a partir del siglo XX. También se hicieron restauraciones desastrosas, y la presión de la polución y de miles de turistas no ha ayudado mucho a la conservación.

Y en fin, esto es lo que queda, un puzle incompleto con las piezas repartidas por varios museos. Algunas de ellas, a pesar de estar tan magulladas, dejan sospechar la gloria del conjunto. Los admiradores del pasado somos gente fantasiosa. Si no, sería imposible ascender aquellas escaleras empinadas, sortear la congestión de turistas y las feroces miradas de los guardianes, posar nuestros ojos sobre unas piedras requemadas sujetas con andamios, y a pesar de todo, echarse a llorar porque, al fin, estás allí.


Por cierto, si alguien carece de la imaginación necesaria, es posible visitar el Partenón tal como era hace 2.400 años, sólo hace falta que vayáis a... Nashville, Tennessee. Efectivamente, con la celebración del centenario de la ciudad, en 1890, se construyó una réplica del Partenón con las medidas originales y todos sus elementos. Se reconstruyó en los años 20 con cemento. En 1990 se añadió una réplica de la estatua de Fidias con su tamaño original de 12 metros, y posteriormente se le añadieron la policromía y el dorado. Bien, quizás era esto lo que veían los atenienses del siglo V aC, aunque a mí me parece difícil no pensar en una falla valenciana (si no, mirad las fotos en primer plano de la señora).

 Atenea, ¿diosa del country?

 HIMNOS HOMÉRICOS, XXVIII (A Atenea) (traducción de A. Bernabé)
«Comienzo por cantar a Palas Atenea, la gloriosa deidad de ojos de lechuza, la muy sagaz, dotada de corazón implacable, virgen venerable, protectora de ciudadelas, la ardida Tritogenia. A ella la engendró por sí solo el prudente Zeus de su augusta cabeza, provista de belicoso armamento de radiante oro.

Un religioso temor se apoderó de todos los inmortales al verla. Y ella, delante de Zeus egidífero, saltó impetuosamente de la cabeza inmortal, agitando una aguda jabalina. El gran Olimpo se estremecía terriblemente, bajo el ímpetu de la de ojos de lechuza. En torno suyo, la tierra bramó espantosamente. Se conmovió, por tanto, el ponto, henchido de agitadas olas, y quedó de súbito inmóvil la salada superficie. Detuvo el ilustre hijo de Hiperión sus corceles de raudos pies por largo rato, hasta que se hubo quitado de sus inmortales hombros las armas divinales la virgen Palas Atenea. Y se regocijó el prudente Zeus.

Así que te saludo a ti también, hija del egidífero Zeus, que yo también me acordaré de otro canto y de ti.»



HIMNO ÓRFICO A ATENEA

Palas unigénita, venerable retoño del grandioso Zeus, divina y bienaventurada diosa, provocadora del estruendo guerrero, furibunda, nombrable e innombrable, celebérrima, habitadora de cuevas, que frecuentas las escarpadas cimas de las montañas y los umbrosos montes, y tu corazón alegras en los boscosos valles. Belicosa, que hieres las almas de los mortales con desvaríos, virgen que practicas el ejercicio, y posees un ánimo que infunde espanto, gorgonicida, que rehúyes el matrimonio, felicísima madre de las artes, excitante, inspirada de delirios alocados contra los malvados y, para los honrados, sana prudencia eres; varón y hembra por naturaleza, engendradora de guerras, prudente, de cambiantes formas, serpiente, deseosa de inspiración divina, receptora de brillantes honores, destructora de los Gigantes de Flegras, conductora de caballos, tritogenia, eliminadora de desdichas, victoriosa deidad, durante el día y la noche, sin cesar, en el último momento. Escucha, pues, mi súplica, dame una paz felicísima, abundancia y salud en medio de dichosos momentos, de ojos claros, inventora de las artes, soberana a la que dirigen muchas súplicas.